Pasó de ser un desconocido a que su nombre se escuchara en medio mundo. Ahora, con los pies en la tierra y mucha ilusión, Montoya empieza su carrera musical. Hablamos con él de la fama, de su gente y de lo que le queda por cantar.
Nos recibe al sol, sentado en un sillón de mimbre y con la sonrisa de quien todavía no se cree del todo lo que le ha pasado. Hace no tanto, Montoya era un chico de pueblo más. Luego llegó La isla de las tentaciones, un momento que se hizo viral en cuestión de horas, y su cara empezó a aparecer en pantallas de países que ni había pisado. Después vino Supervivientes. Y ahora, por fin, llega lo que siempre llevó dentro: la música.
Una locura que ahora sabe valorar
Cuando le hablamos de «fenómeno internacional», se ríe y dice que esa palabra le queda grande. Pero no le quita importancia a lo que vivió. Reconoce que fue «toda una locura» y que solo ahora, con algo de distancia, es capaz de verlo con perspectiva. En aquel momento, nos cuenta con toda la naturalidad del mundo, lo único que quería era irse a dormir. Esa sinceridad, sin poses, es probablemente lo que conectó con tanta gente.
Sin cámaras, el mismo de siempre
Si algo repite Montoya es que no hay dos versiones de él. El que ves en televisión es el mismo que se levanta por la mañana y el mismo que vuelve a casa por la noche. Se define como una persona de su pueblo y de su familia, cercana, de las que disfrutan estando rodeadas de los suyos. De todo lo que le ha tocado vivir se queda con lo aprendido, porque cada experiencia, dice, le ha hecho crecer como persona.
La música, sin prisa y sin presión
La música no es una ocurrencia de última hora. Le ha gustado desde siempre y la ha vivido muy de cerca, en casa, con su familia. Por eso está tan feliz de poder dedicarse a ella de forma profesional. Lo curioso es que no se marca objetivos. Ni listas de éxitos ni números: su única meta es disfrutar cantando, porque para él la música es lo más bonito que hay en la vida. Montoya: «La meta es ser feliz con la música»
Un consejo para el Montoya de antes
Le pedimos que se dé un consejo a sí mismo y lo tiene claro: que siga siendo él mismo. Admite que no tendría mucho más que decirse, salvo una cosa. Que aprenda a darse cuenta de las cosas un poquito más rápido. Con esa mezcla de humildad y ganas, Montoya demuestra que la autenticidad que lo hizo famoso sigue intacta. Ahora le toca a su voz.

¿Qué sentiste al convertirte en un fenómeno internacional y ver que todo el mundo hablaba de ti?
Montoya: Esa palabra es muy grande: «fenómeno internacional». La verdad es que fue toda una locura. Lo compartieron muchísimos países; tu nombre… sentir que todo el mundo hablaba de ti en ese momento. Ahora mismo es cuando puedo valorar que ha sido una locura. En ese momento yo estaba loco por acostarme.
¿Quién es Montoya cuando se apagan las cámaras?
Montoya: José Carlos es el mismo cuando se apaga, cuando se levanta, cuando se enciende. Al final, creo que eso es lo que me define. Soy una persona de mi pueblo, de mi familia, cercana y a la que le gusta estar siempre feliz con su gente.
¿Qué has aprendido de todas las experiencias que has vivido?
Montoya: Lo que más me llevo es el aprendizaje. Creo que todas las experiencias de la vida te dan un aprendizaje y un crecimiento a nivel personal bastante grande.
¿Cómo estás viviendo el comienzo de tu carrera musical y qué metas te planteas?
Montoya: La verdad es que estoy muy feliz, sobre todo de poder comenzar esta carrera profesional a nivel musical. Me ha gustado desde siempre, lo he vivido siempre muy dentro, con mi familia, y no me pongo metas. La meta es ser feliz con la música, que es lo más bonito que hay en la vida.
¿Qué consejo te darías a ti mismo?
Montoya: El consejo que le daría a Montoya es que fuera él mismo siempre. La verdad es que creo que pocos consejos le tendría que dar. Pero lo más importante es que aprenda rápido a darse cuenta; un poquito más rápido, siempre.
